Los lunes suelen ser un tormento para muchas personas.
—Otra vez lunes— dicen, tristeando por los pasillos de la escuela o el trabajo.
Yo no pido mucho. Sólo quiero ver algo diferente, algo que me despierte. No sé, pero quiero algo que me levante, o que logre arrancarme una sonrisa. Quizá una broma, alguien que me ofrezca un café o una galleta, un alumno que entre con la camisa al revés o un profesor que entre sin zapatos, no sé... pero algo diferente.
¿Soy acaso el único al que le cuesta el comienzo de la semana? No. Me asomo por la ventana y veo algunos estudiantes apagados, sufriendo estoicamente el injusto y tortuoso comienzo de actividades. ¿Por qué será que tenemos que estudiar/trabajar?
Y en cada cara que veo hay todo un mundo. Siempre me ha interesado descubrir la humanidad que se esconde detrás de cada rostro, de cada alumno, de cada compañero de trabajo y de cada amigo. Descubrir si tienen pasados ordinarios y sueños de su futuro. Seguramente tendremos muchas cosas en común (por ejemplo, los lunes).
Aunque con matices distintos, hemos pasado (o pasaremos) por cosas similares. Qué maravilla que sea así. Lástima que mucha gente no abra su intimidad y su experiencia, no pida consejo ni se quiera meter —en muy buen plan y con un interés auténtico y noble— en la vida de los demás.
Ojalá más personas hagan preguntas incómodas cuando estén a solas con un amigo, y ojalá el amigo las reciba bien. Ojalá en esas conversaciones se sepan dar buenos consejos, y ojalá se sepan recibir también.
No son tan malos los lunes, siempre y cuando tengas con quién vivirlos. Qué importante es aprender a disfrutar de las cosas más insignificantes que tiene la vida y no perder nunca la capacidad de asombro. Qué importante es tener amigos con quiénes compartirla.
Un sorbo de café. Mejor sigo trabajando.